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Siempre he tenido cierta fascinación con la historia de Adán y Eva. Independientemente de la refutación sociológica y cientíca de la historia, no se puede pasar por alto la cantidad de mensajes que la leyenda nos proporciona para entendernos mejor como raza humana.
Cuenta la narración que, tras haber cometido la transgresión que ya todos conocemos, Eva sintió, por primera vez, vergüenza de su desnudez, se repudió a sí misma y se avergonzó de su humanidad…
Atrás quedó el paraíso y la belleza de sus frutos. A raíz de la vergüenza, Adán y Eva ya no pudieron comulgar de la unidad que tenían con su Creador y se empezaron a separar, a sentirse seres totalmente ajenos a la perfección con la que habían vivido hasta entonces.
Lo fascinante de esta historia es que, miles de años más tarde, los seres humanos actuales continuamos, generación tras generación, recreando el mismo guión: seres perfectos, nacidos para brillar y compartir toda su luz, olvidan inconscientemente su perfección y se someten al auto-castigo y juicio permanente que los llevan a sentirse totalmente apartados de nuestro Ser Divino y de los demás.
Analicemos despacio la situación de Eva… ¿Habrá sido realmente El Padre quien la “expulsó” del Paraíso o habrá sido ella la responsable de su propia exclusión? Quizá su propia vergüenza, su propio sentimiento de culpabilidad por haberle fallado a su Padre le impidió sentirse digna y merecedora de una relación estrecha con Él.
Tras ver los cientos de casos de vergüenza que trato en mi consultorio de coaching y analizar mi propia realidad personal, no me queda la menor duda de que somos nosotros mismos quienes, envueltos en un sentimiento profundo de vergüenza e inadecuación, cerramos las puertas a toda conexión Divina y nos volcamos en un historia de culpabilidad y juicio personal que nos impide por completo recordar la perfección con la que realmente llegamos al mundo.
La vergüenza cierra por completo la llave que nos permite vivir libre, abierta y auténticamente. Nos impide trascender los errores del pasado y utilizarlos para nuestro propio crecimiento y, sobre todo, nos obliga a vivir el pasado una y otra y otra vez… ¿Y todo para qué? Para rearmarnos lo verdaderamente “indignos”, lo poco merecedores que somos de crear el paraíso al que todos podemos accesar en nuestras vidas.
Desde la vergüenza nos sentimos constantemente separados a los 11 demás, escondiéndonos detrás de máscaras que no permiten dejar uir nuestra verdadera naturaleza. Nos creemos incapaces de volvernos a amar por ser “malos o pecadores” y nos envolvemos en capas y capas de culpabilidad. Al nal, lo único que logramos es quedarnos atrapados en un laberinto lleno de aversión personal que nos prohíbe regresar al camino de los sueños que tanto queríamos crear.
Todos, absolutamente todos los seres humanos viven algún tipo de vergüenza. Y si quedarse en ella inevitablemente encierra el alma y la atrapa en el pasado ¿por qué no trascenderla?, ¿por qué empecinarnos en seguir somatando un pecho ya sucientemente herido?
Hoy permítame entregarle el secreto mágico para liberarnos de la condena de la vergüenza e impedirnos volvernos víctimas eternas de ella. La palabra es…AMOR. Al amar toda nuestra humanidad recordamos que cada desviación de nuestra integridad, cada error del pasado, cada obstáculo en el camino, trae una lección a nuestras vidas.
Al amarnos por todo lo que somos, nos dejamos ser libres y abiertos frente al mundo y, sobre todo, frente a nuestro Creador. Es en el amor donde esconderse no tiene sentido, en donde se recuerda que estamos aquí para aprender, crecer, perdonar y, sobre todo, evolucionar hacia esa nueva y mejorada versión de ser. Al amarnos lo suciente, encontramos las fuerzas para dejar atrás las ataduras del pasado y dar paso rme en el nuevo camino de libertad personal. Al despojarnos de la vergüenza, encontramos que este mundo que habíamos juzgado como frío y tormentoso es en verdad el Paraíso que siempre anhelamos…
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