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El Dedo Que Apunta Correo electrónico
Mente y Alma
Escrito por Maria Cristina de Crespo   
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Qué fácil se torna para el ser humano ver el mundo desde la posición de juez, inmune a sus propias debilidades, listo para pasar veredicto sobre todo aquello que representa lo que “no soy”, lo que “no me gusta”, lo que “no hago”.

 Y no es desde mi propia perspectiva juzgadora que digo esto, es desde la facilidad que me representa –tanto como a todos los demás- ver al mundo externo antes que a mí misma. Después de todo, al entrar a cualquier salón puedo ver las actitudes de todos, la manera en que visten, hablan y se desenvuelven. Pero hay, sin lugar a dudas, una sola persona que siempre permanece escondida para mí. Es más, se esconde tanto que hasta pierdo la noción que los demás si la pueden ver y de que su presencia origina en otros tantas percepciones como ellos originan en mí.

Por supuesto, es a nosotros mismos a quien siempre le permanecemos invisibles, enigmáticos, casi un mito sin descifrar. Salvo esos esporádicos momentos de vanidad en que, frente a un espejo corroboramos que nuestra imagen concuerde con la versión que nos gusta que otros tengan de nosotros, permanecemos totalmente alejados del tan importante “yo”.

Así, el mundo se va convirtiendo para muchos en un lugar de sobrevivencia, en un mar de entes totalmente ajenos, separados; en una lluvia de injusticias, abusos físicos, emocionales, materiales; en un total y verdadero caos. Y así, lo único que reina es el temor…mucho, mucho temor.

Nos creemos la noción de que estamos tan separados de los demás, que todo el resultado de la realidad de allá afuera nada tiene que ver con nosotros. Nuestro dedo juzgador se limita a criticar, renegar y opinar sobre cómo las cosas deberían de ser “de verdad”.

Y, ¿qué tal si le digo hoy que todo este desorden social, económico y familiar en nuestro país, en nuestra comunidad tan herida, no es más que un reflejo de su propio dolor, de su propio caos interno, del hecho que tanto tiempo ha pasado sin que se ame, se respete a usted mismo; sin que regrese a encontrarse allí, en lo más profundo de su corazón…?

Piénselo bien, ¿de qué nos quejamos más los guatemaltecos hoy en día? Me atrevería a asegurar que nuestro lamento más insistente radica en el temor profundo del daño que alguien externo nos pueda hacer  a nosotros o a nuestros seres queridos. Pero, por un momento, eche un vistazo hacia adentro y observe todas las maneras en que usted mismo se hace daño, se flagela, se castiga. ¿Cuántas veces al día se reprocha el no ser más inteligente, más guapo o linda, más dulce, más servicial, más capaz? ¿Cuántas veces no doblega lo que está en su mejor interés con tal de llenar las expectativas de los demás? ¿De qué maneras se victimiza, lloriquea, culpa a los demás por no sentirse suficiente, adecuado o capaz de hacer lo que sabe que debe de hacer? ¿Cuántas veces en su vida no se ha quedado atrapado en relaciones, trabajos o situaciones nocivas para su corazón?

Vea las formas en que le hace daño a aquellos que usted más ama en el mundo. Vea en donde rompe sus promesas, en donde grita, patalea, hasta incluso golpea a aquellos que son más vulnerables que usted. Vea cómo demanda demasiado de su gente más cercana para esconder sus propios sentimientos de inadecuación.

No es sorpresa, pues, que el mundo externo esté como esté. No podemos seguir pidiendo paz, justicia, orden social en nuestro entorno, si dentro de nosotros llevamos toda la rabia, odio y desaprobación por nosotros mismos. En la medida en que seamos capaces de dejar por un momento el dedo que apunta hacia afuera y nos respondamos constantemente la interrogante ¿en dónde en mi vida estoy manifestando esto que estoy juzgando ahora mismo en los demás? podremos, por primera vez en nuestras vidas, saber que por fin estamos siendo responsables de la realidad que nos rodea.

En la medida en que podamos ver hacia el espejo y enamorarnos de nuevo de la persona que vemos, de aceptarla y amarla por todo lo que es –con cada uno de sus defectos y todas sus increíbles virtudes- nuestra realidad externa empezará a tornarse en el sueño de aquella sociedad en que siempre soñamos. Ni la política, ni la economía, ni las ciencias sociales pueden lograr los cambios que estamos buscando. Sólo usted lo puede lograr, sólo su voluntad de bajar ese dedo juzgador y apuntarlo a donde realmente necesita ver…

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